lunes, 4 de enero de 2016

Menú para el culto hambriento

    Alejandra Alonso


Cuento que obtuvo mención honorifica en el Séptimo Concurso de Cuento de La Jirafa


Cada vez que escucho a una persona hablar de literatura, las papilas gustativas se me alteran y preparo las mandíbulas para encajarle los dientes a mi presa lectora. 

No piensen que soy un vampiro, porque yo soy algo más original que eso. Tengo el poder de percibir el olor exquisito que una persona despide cuando lee dos o tres libros a la semana. Los persigo porque me encanta que me cuenten lo que están leyendo, para después devorarlos.



Hago la cacería discretamente cuando asisto a charlas literarias, cafés o bibliotecas. A veces tardo mucho en seleccionar a mi presa, pues no todo el mundo lee literatura de la que me gusta. No todos los lectores saben igual. Por ejemplo, cuando pruebo a una persona que está leyendo la Divina comedia de Dante Alighieri, sé que será algo picoso por el sabor que le da el fuego del Infierno. Pero eso no es un problema, porque después me quito lo irritado de la lengua con tan sólo masticar a una persona que lee a Mario Benedetti, esos lectores son extremadamente dulces y empalagosos como chicles de fresa.
En ocasiones me aburro de mí y me dan ganas de actuar como una rana come bichos. Me aventuro saltando por ahí en busca de personas que estén leyendo la Metamorfosis de Kafka y cuando por fin las encuentro, ato sus pies y manos en el tronco de un árbol. Después les lamo el rostro como si fueran paletas, hasta que mi lengua encuentra el sabor salado de Gregorio Samsa, ese sabor es más o menos como el de un camarón o un charal de cuaresma.

Las presas más difíciles de conseguir son las que leen el Ulises de James Joyce, esas presas las consigo muy rara vez, pero cuando las pruebo me saben a manjar recién traído de la India.
Siempre que me como a un lector, tengo la costumbre de anotar el sabor de su carne porque me gustaría poner una carnicería de lectores, esa carne es la mejor que alguien pudiera comer, la primera carne inteligente y sabrosa en el mercado, descubierta por mí. 

Una mañana cuando me preparaba para salir a cazar, vi a una persona hablando de mi libro favorito parada justo frente a mí. Cerré los ojos y disfruté su olor esparciéndose por el aire.  Sentía como se me hacía agua la boca. Le sonreí y caminé hacia ella imaginando el sabor de su carne culta. La presa también me sonreía y extrañamente también empezó a caminar hacia mí tranquilamente, sin sospechar que esa mañana sería mi desayuno.

Cuando me encontraba a pocos centímetros de mi presa, no perdí más el tiempo y me lancé contra ella abriendo las mandíbulas como un gran cocodrilo hambriento. Mi presa me miraba fijamente, ni siquiera gritaba o trataba de huir. Pero cuando mis dedos tocaron con fuerza su delicado cuello, miles de grietas aparecieron en su piel y por un momento quedó dividida como un mapa. Luego reventó en el aire y cayó al suelo hecha  mil pedazos.

 Aquel suceso me facilitó el festín, pensé que así sería más fácil comérmela y me  tragué uno a uno los pedazos, tratando de encontrar el sabor especial de la lectora. Pero su carne no me sabía a nada, era como estar comiendo verduras cocidas obligado por tu madre.
De pronto empecé a sentir el sabor del dolor. Los pedazos de la presa bajaban lentamente por mi tráquea enterrándose como clavos y perforándome todo el intestino. Parecía como si me hubiera tragado un Puercoespín.   

No podía ni siquiera gritar del dolor intenso en mi estómago. No pude sostenerme más y me tiré al suelo ya sin fuerzas. La sangre salía a chorros por mi boca, pronto me inundé en un gran charco rojo.

Supe que mi final estaba cercas, cerré los ojos y recordé varias escenas de mi infancia en donde por las noches mis padres me leían El principito. A ellos siempre quise comérmelos pero no pasaría de ser un sueño guajiro.   

En los últimos momentos de mi agonía abrí los ojos y observé detalladamente a mí alrededor. Miré con tristeza mi pequeña biblioteca, mi conejo de peluche sentado en la cama, mi juego de té, las fotos de mis padres, junto a la ventana mi hermoso espejo roto… ¿Roto? ¡ROTOOO! ¡Diablos me había comido a mí misma! ¡Había comido los pedazos engañosos de mi reflejo! Pedazos filosos y apetitosos que  hablaban de mi gran gusto por la literatura y mi paladar exigente.